sábado, 19 de enero de 2019

LOS NUDOS

Llevo mucho tiempo pensando ¿Por qué al hablar de los demás digo más de mí que de ellos como hubo de decir un compañero, cuando otro que estaba más allá habló de la superficialidad de la mujer.? Yo fui atacado, pero esperé para defenderme. Creo que ya me tocó el turno. 
Una frase grandilocuente destapó la olla y lentamente de ella salen mil nudos todos iguales. 
Censura el nudo de la histeria. Habla el nudo de la envidia en nombre de la moral. Castiga el mudo de la justicia para ocultar el dolo compinchado con el nudo verdugo y el nudo horca. 
Los nudos son entes muertos, los muertos, nudos insatisfechos. Nudos fabricados con el barro de la infamia. Testaferros emancipados en la blasonería de su alcance, asalariados por el gigantesco triunvirato que, a su vez, es un vil vasallo del imperio. El nudo muestra su doblez pero se niega a ser desatado. Muestra su nudez para autocompadecerse y sentirse enfermo y despertar ternura en los demás. 
¿Qué mal de aquellos tan burdos deba aquejarme hoy a mí? 
¿Qué mal ese de mostrar el mal de otros para poder mostrar el mío? 
Yo no sufro a petición del interesado, a mi mal no lo acoge la adusta morada y no escribe para demostrar algo. Acusarme de ese mal o de otro cualquiera no me hará reflejar el mío.
¿Cuál opinión? Mi decir "no"  no es una opinión, mi opinión no tiene sentido, mi sentido es un sinsentido copulando infame con el sentido ajeno y dando a luz mortales heridas que supuran llamas en vez de flema. Es la flama-flema que no deja de arder supurar porque de alguna forma está viva y es como la sal en la herida, se aviva y duele. La verdad esa vida duele a todos los nudos de la inmensa tribu humana, vida que no desata sino que enreda, que corrompe, que arde, que se quema sin dejar cenizas porque no renace como el ave fénix sino que siempre está viva.
Y todos son nudos ciegos que ha medida que envejecen se enredan más y más. Nudos nictálopes que no retroceden para ver que dejaron atrás porque llevan un afán, una meta, un destino: ir para adelante, entrelazarse más los unos con los otros, para evitar que el otro les tome ventaja y que el uno le aplaste la cabeza y así continúan hasta confundirse en una corambre, viciados con el vicio, perdidos en el iluminado encuentro, avasallándose los unos a los otros; limitándose los unos a los otros; envidiándose los unos a los otros.
¿Porque carajos habría yo de hablar a favor de ellos o quedarme callado ante sus actos? Dímelo tú sagrado oráculo, arúspice perverso que lees las entrañas por las que corre el fluido frenético y luego los devoras sin temor a contagiarte de ese milenario mal social. Lo que está mal no hay que destruirlo ni reedificarlo. ¿Entonces que? ¿Soportamos en la incólume tolerancia o nos adherimos a lustrosa pestilencia?
Si hay un fin tras mi angustiosa retórica no es el que tus dotes de adivino te sugieren, ¿que raro objetivo oculto me antepones? ¿piensas acaso que por el simple hecho de hablar o escribir coherentemente sobre las mujeres es porque he sido un marginado sexual o algo por el estilo? o que ¿mi diatriba alarmante contra todo aquello que se opone a mi tipo de libertad se deba al suceso de que mi tipo de libertad haya sido violada? impunemente no me buscarás guerra. El delito de adulterio no es el delito de ser adulto. Las altas cimas no son culpables de su elevada posición. ¿Traicionó acaso el delator milenario por la absurda suma de treinta monedas?  o ¿Por la traición misma, por la grandeza de aquella traición que habría de redimir al mundo? ¿Y qué me dices de su suicidio? ¿Se suicido acaso por expiar su horrendo pecado? o ¿Tal vez consternado por tan poco dinero, sabiendo que hubiera podido pedir más se castigó a sí mismo por ser tan falto de ambición? 
Respóndeme tú arcángel del derecho que todo lo sabes.

**Primer capítulo de un texto intitulado "Insultología aplicada"